Uno de cada diez menores cántabros sufre ciberacoso: el móvil llega a los 10,9 años
El 10% de los menores cántabros sufre ciberacoso y el 6,2% tiene riesgo suicida elevado. Claves del informe de Unicef y qué pueden hacer las familias.
Uno de cada diez menores cántabros ha sufrido ciberacoso, y el 6,2% de los jóvenes de 10 a 20 años presenta riesgo suicida elevado. Son datos de un informe de Unicef Cantabria que debería preocuparnos a todos.
El estudio, basado en las respuestas de 1.247 escolares de diez centros educativos de la región, dibuja un panorama difícil. El primer móvil llega de media a los 10,9 años, y ya en quinto y sexto de primaria el 34,4% tiene dispositivo propio. El 89,1% de los menores participa en al menos una red social, y en primaria la cifra ya roza el 67%.
¿Qué significa esto en la práctica? Que muchos niños y niñas viven gran parte de su vida social dentro del teléfono, sin que sus padres sepan con quién hablan ni qué ven. El 41,9% duerme con el móvil en su habitación, y de ellos casi la mitad lo usa de madrugada. Pensar en una noche sin descanso y con la cabeza llena de notificaciones no es difícil, y los datos lo confirman.
Las consecuencias ya se notan. El 11,5% de los alumnos presenta síntomas claros de ansiedad, depresión o somatización, y entre las chicas el riesgo suicida elevado casi duplica al de los chicos (7,7% frente a 4,1%). Además, el 28,4% de los adolescentes con pareja reconoce haber sufrido violencia digital de forma frecuente. Son cifras que no se pueden despachar como un simple problema de moda.
Para una familia cualquiera, el mensaje del informe es sencillo y práctico. Sacar el móvil de la habitación por la noche, evitarlo durante las comidas y hablar de los riesgos de Internet reduce a la mitad las conductas problemáticas, según el estudio. Solo el 31,9% de los padres cántabros pone límites concretos sobre lo que sus hijos ven o suben a la red, así que hay mucho margen para mejorar.
Unicef pide que la violencia digital se trate igual que la física en los protocolos de protección, que se refuerce la educación digital en las familias y que se regule el uso de dispositivos en los centros escolares. También reclama a las tecnológicas que rindan cuentas sobre el impacto de sus productos en la infancia. Falta saber cuánto de esto llegará a aplicarse de forma real.
Mientras tanto, los afectados y sus familias deben saber que pedir ayuda es el primer paso. Hablar con un adulto de confianza, con el orientador del centro o con los servicios de salud mental no es un fracaso. Si un menor cambia de humor, se aísla o deja de dormir bien, conviene prestar atención cuanto antes.